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sábado, 22 de junio de 2013


La Leonora de Paer dirigida por Peter Maag


       
Paer                                Maag                             Jerusalem

De las varias óperas que tratan el mismo asunto que la única ópera de Beethoven, la más notable es quizá la de Ferdinando Paer (1771-1839), titulada Leonora ossia l’amor coniugale, estrenada en Dresde el 3 de octubre de 1804, es decir sólo trece meses y medio antes que la primera versión (Leonore) de la definitivamente titulada Fidelio (1814). La primera conocida sobre el asunto original de Bouilly es Léonore de Gaveaux (1798), y a la de Beethoven siguió L’amor coniugale (1805) de Mayr.
Con muchos años de retraso, he conocido la interpretación de la ópera de Paer grabada por Decca en 1978 y publicada al año siguiente. La ópera, bastante extensa, más que la de Beethoven (aquí dura casi 156’), no deja de ser una curiosidad, pero es muy interesante compararla con la del genio de Bonn, porque éste parece haber tomado prestadas algunas ideas del fecundísimo compositor parmesano (57 óperas, las últimas en francés), para mejorarlas, por descontado. Porque parece seguro que el autor de la Sinfonía Pastoral conoció la partitura de Paer, que es en líneas generales una obra convencional y carente de originalidad y de genio, pero que, curiosamente, posee algunos notables hallazgos aislados. Que, con las debidas precauciones, podrían ser tildados de “prebeethovenianos”.
Lo que resulta sobresaliente es la versión de Decca, editada por primera vez en CD por la rama australiana de Decca (el nº de catálogo es 4804859, 2 CDs). De entrada porque el gran director suizo que fue Peter Maag (1919-2001, que ha dejado, lástima, un escaso legado discográfíco), aquí al frente de la “Orquesta Sinfónica de Baviera” (¿la Radio Bávara, la de la Ópera Estatal de Múnich?) se la toma absolutamente a pecho y extrae de ella todo lo posible (así como, quizá, también disimula las partes más academicistas o rutinarias).
El reparto es francamente notable, aunque las tipologías vocales, a veces, nos choquen (Don Pizarro y Don Fernando son tenores, Giacchino –Jaquino– es un barítono). Ursula Koszut, soprano tirando a dramática con agilidad, encarna con solvencia un papel particularmente exigente en lo vocal. Parece mentira que a finales de los 70 fuese aún Siegfried Jerusalem un tenor totalmente lírico, de timbre bello y emisión suave y fluida como un guante. Canta muy bien, pero pronuncia un italiano un poco particular. Cuesta reconocer en él al gran Parsifal o Siegmund de no mucho tiempo después, por no hablar del Sigfrido o el Tristán que llegó a ser, el mejor a principios de los 90.
Rocco es aquí un bajo con caracteres bufos (¡!), cantado con corrección por Giorgio Tadeo. Absolutamente admirable la Marcelina de Edita Gruberova, e irreprochables tanto el Giacchino de Wolfgang Brendel como el Pizarro del lírico Norbert Orth (que fue magnífico Pedrillo en El rapto en el serrallo). Corrientito, en cambio, el Fernando de John van Kesteren: un ministro con voz de tenor muy lírico, sin autoridad (¿les suena esto de algo?...)


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